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Vacaciones de invierno (3)

Tomo 2, Capítulo 1

Mi tiquete para Alemania era el mismo día, salía hacia las 8. Así que por fin llegué medio muerto a Karlsruhe como a las 9 de la noche. Aquí había estado en el 2002 pero sólo un momento. Ese año vine a la casa de otra amiga que vivía en Heidelberg, más al norte, y luego nos habían hecho el tour de la región. Yo sabía que había pasado por acá pero no me acordaba muy bien. Esta vez además venía sólo a la casa de una de las que nos habían recibido la otra vez. Las otras ya se perdieron del mapa.

Vinieron a recogerme Luz Helena y el esposo a la estación. Es sólo bajarse del tren y uno se siente en otro mundo. Toda la gente habla una especia de idioma incomprensible. Los anuncios por los parlantes suenan a chino avanzado. Mira uno los letreros y sólo ve cantidades de letras pegadas en palabras increíblemente largas sin saber qué quieren decir. No los vi. Así que lo único que entendí era un letrero que decía “Sortie”. Y por allá me fui. Sólo que eso me sacó por atrás de la estación y terminé en la calle. Así que tuve que darle la vuelta a la estación y volver a entrar para que me encontraran. Ya ellos estaban pensando que me había quedado dormido y que iban a tener que irme a buscar a Sttutgart.

Alexander es el alemán más buena gente que conozco. Ambos tienen la misma edad, 30 años. Pero están dichosos de la vida porque están esperando bebé. Y él aparte estaba feliz de tener visita en la casa. Apenas está empezando a hablar español, pero sabe decir que Colombia “muy muy bonita”. Parecen sacados de un cuento de hadas esos dos.

Me recibieron súper bien, me quedé cuatro noches con ellos. Alexander me dio mil ideas para que hiciera algo esos días y pues puso toda la casa a mi disposición. Eso sí, todo gracias a la traducción consecutiva de Luz Helena porque éramos incapaces de comunicarnos.

El miércoles Luz Helena no podía acompañarme a conocer y Catalina llegaba hasta el jueves. Así que tuve que aventurarme a salir armado con mi diccionario electrónico alemán-francés-alemán para enfrentar cualquier eventualidad. Eso sí, como cualquier filólogo que se respete, me pareció indecente volver a Alemania como lo hice en el 2001, es decir sin hablar ni una palabra de alemán. Así que esta vez había hecho mis primeros pinitos antes de salir y ya había aprendido a contar y a saludar, lo mínimo necesario para poder comprar mis infaltables postales para mi colección. Pero en cualquier caso, el alemán es tan poco transparente que no tenía muchas expectativas.

El miércoles Luz Helena me mandó a conocer tres pueblitos cerca de Karlsruhe. El sistema de transportes en Alemania es muy chévere. En vez de funcionar con trenes como en Francia, que para viajar en la región hay que ir a la estación de tren y comprar un tiquete, en Alemania tienen un sistema de tranvías que llaman ellos pero que se convierte en realidad en un tren de cercanías (como el que nos están prometiendo en Bogotá… ¿será?) para toda la región. O sea, compra uno su tiquete de tranvía en una maquinita, según las zonas que quiere que cubra, se monta uno y con eso recorre la región.

En general, el transporte es mucho más caro allá. El tren es inaccesible para un presupuesto de estudiante. Pero con el tranvía se pueden comprar tiquetes por 24 horas o para grupos con precios bastante cómodos. Con un tiquete de 24 horas me fui hacia el sur a un pueblito que se llama Bad Herrenalb. Con el tiempo terminé dándome cuenta de que “bad” es baño como “bains” en Aix-les-Bains y todos los -Bains que hay en Francia. Supongo que son antiguos baños termales. Y “herren” son los hombres porque había un monasterio ahí. Alb es el nombre del río que lo atraviesa.

Las casas mismas ya son una atracción en estos pueblitos.

Y esto era en el monasterio. No me pidan que explique nada porque no entendí nada. Alemanes desconsiderados, en Mulhouse y Estrasburgo todos los letreros son bilingües (alemán-francés) y hasta trilingües (con inglés), pero ellos no ponen nada ni en inglés.

Este pueblo ya queda en la Selva Negra. Por acá sólo se ve un bosque de pinos por todos lados, esa es la famosa Selva Negra.

La siguiente estación fue Frauenalb. “Frauen” son las mujeres, por el convento que había acá. Y dicen que hay un tunel entre los dos pueblos en el que se encontraban clandestinamente los monjes y las hermanitas…

Como mi osadía todavía no llegaba hasta irme a meter a un restaurante, por lo menos descubrí que las maquinas expendedoras de galguerías son alrededor 50% más baratas en Alemania que en Francia. Así que por favor, cuando vengan, hagan mercado en Alemania y coman en Francia. Y el surtido es también mejor. Se consiguen chucherías desde 50 centavos, en Francia nada baja de uno o uno cincuenta.

Hablando de máquinas, estos son maquinófilos. Tienen expendedores de tabaco cada 100 metros, meta la moneda y llévese su paquete de cigarrillos (claro con un moderno sistema de verificación de la edad con el pase o el documento de identidad). Y también se tropieza uno por la calle todo el tiempo con maquinitas para comprar sellos postales para mandar cartas. Además obviamente de las inevitables maquinitas para pagar el parqueadero, y las del tranvía.

Pero volviendo a Frauencosa, es un pueblo de 10 casa perdido en la selva. Se ve lo que parece una iglesia cuando uno se baja del supuesto tranvía.

Este debe ser el portero, o el guardián del pueblo.

Y esta es en realidad la iglesia. Un montón de paredes en ruinas. Y les puedo contar por lo menos que no son ruinas de ninguna de las guerras del siglo XX porque afortunadamente entendí las fechas y me di cuenta que hablaban del siglo XIX. Hasta ahí llegó mi comprensión.

Mi última escala fue Ettlingen. Un pueblito más grande y muy pintoresco. Había un recorrido con letreritos en francés, así que logré entender algo. Le di unas 15 vueltas y no encontré ningún supermercado para entrar a comprar un sándwiche. Cuando pensé encontrarlo, entré y resultó ser una especie de galguero-droguería. Así que terminé pasando, al regresar a Karlsruhe, por la estación de tren para reaprovisionarme de galguerías en las maquinitas y completar mi almuerzo.

Esta parecía ser la plaza central del pueblo.

Los alemanes tienen un morbo raro por las lápidas. Se ven tiendas de lápidas inmensas. Claro, comprensible igual ya que ellos no entierran como en el cementerio central, sino en jardincitos con todo el arte del caso.

El infaltable monumento a los muertos de las guerras.

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