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La ciudad de las cien cúpulas (1)

Cien en realidad es un cálculo aproximado, algunos cuentan más de 500 cúpulas. Bien podría ser también la ciudad de las estatuas; en los puentes, en las iglesias, en las fachadas, deben contarse por centenares. Algunos la llaman el París de los años 20 en los años 90. Algo de cierto debe haber en eso, tiene un aire añejo, fachadas oscuras, está lejos aún de la perfección turística de otras ciudades europeas. La ciudad de Kafka. Por aquí pasó Mozart y compuso Don Giovanni. País de Dvořák:

Praga es la capital de la República Checa, un país de unos 10 millones de personas, pequeño, en Europa Central, en el corazón de Europa. Praga tiene un millón de habitantes, y se van descontando por la tasa de natalidad, igual que en otros países de la región, que no alcanza a renovar la población. Praga queda el oeste, cerca de la frontera alemana, a unas dos horas y media. Atravesar Alemania unas seis o siete horas y desde Besançon hasta la puerta de Alsacia, unas dos horas y media. Una noche completa en bus.

Llegar por la autopista es primero encontrarse con vallas publicitarias cada cincuenta metros. La polución visual en general es bastante alta, más que en Francia. La ciudad también está invadida de vallas, en cada poste, en cada edificio, en cada andamio.

Luego, es encontrarse con una ciudad que en realidad no tiene la apariencia de ser la Ciudad dorada. Las afueras se ven bastante pobres, todo está sucio, desordenado, en obras. Todas las fachadas se ven como sucias. El tranvía parece sacado de otra época, dos vagoncitos unidos que paran en cada estación, bastante similares a la antigua troncal de la Caracas. No hay donde comprar tiquete, no hay en realidad estación.

Después de esa impresión inicial, al irse acercando al centro histórico, empieza a ver uno las cúpulas. Algunas se empiezan a medio abombar, recuerdan lejanamente las cúpulas de las iglesias ortodoxas. Y es que son primos (lingüísticamente hablando). Poloneses, Checos, Eslovacos podría decirse que son los hermanos occidentales de la familia eslava. Y luego están los primos orientales, el ruso y el ucraniano por ejemplo.

Pero tampoco hay que revolverlos. Polacos y Checos son católicos, no ortodoxos. Se dejaron seducir por el protestantismo pero la Contra Reforma los devolvió al buen camino. Sin embargo, aunque Polonia es un país de muchos creyentes, República Checa dicen que tiene la tasa más alta de ateísmo en Europa.

Además, Checos y Poloneses, escriben en cristiano también, menos mal. Porque después de mi inmersión alemana, la inmersión en checo ya es bastante dura como para sumarle el estrés del cirílico. Por si las dudas, ningún parecido entre checo y alemán. De República Checa hacía el este, zona eslava, de Alemania hacia el oeste, zona germana. Digamos que son como primos en segundo grado, como entre nosotros, la familia latina, y los germanos, porque al fin y al cabo venimos todos de nuestro mismo abuelo indo-europeo.

El punto era que el checo es menos transparente que el alemán (si eso es posible). Si mis conocimientos en Alemán ya iban en los números, con checho me quedé en “ano” y “ne”. Ajá, “ano” es “sí” y “ne” es “no”. De ahí para allá, imagínense un montón de consonantes juntas, con todo tipo de simbolitos encima, y eso es el checo. A ver, ¿para dónde hay que coger?

¿A la oficina de turismo? Pues no, yo solito me defiendo. Nada es insuperable. Sobre todo, cuando se siente más uno en España o en Italia que en República Checa. Tengo la desagradable sensación de haber escuchado más español e italiano que checo. Mi único ejercicio autoinducido de sensibilización a la intercomprensión fue cuando me dijé que me iba a meter a la estación de tren a ver qué entendía. Escuché una voz en un discurso interminable, sin ninguna curba entonativa que denotara ninguna emoción, nada de entonaciones ascendentes al final de cada grupo rítmico como en francés, todo plano, plano, plano. Y no entendí nada.

La estación misma, que no tenía porque haberla conocido porque yo llegué en bus, es vieja, medio en ruinas. No hay una sola silla, no hay máquinas distribuidoras de comida, no hay cajeros automáticos. Es un moridero. No sé hasta qué punto ser un antiguo país comunista marca lo que hoy en día es República Checa. Mucho, me imagino, pero mi investigación no llegó hasta allá. De lo que me enteré, es que sufren, como todo el resto, de desigualdad crónica desde la caída del régimen. Y que tienen un problema de desertificación de la ciudad, que poco a poco se ha ido volviendo exclusiva para los turistas y demasiado costosa para los nativos. Además, también fueron colonizados por Telefónica.

Después de mi intento fallido por encontrar un cajero en la estación de tren, decidí salir armado con mi guía Évasion en ville a enfrentarme a Praga. Me dio la impresión de que Praga no es tan segura como otras ciudades. De hecho, me quedó la sensación de que al menos dos veces me quisieron roban. La entrada al centro en la mañana es sola, y hay grupitos de tipos, de mala facha, que miran muy suspicázmente cuando uno pasa. Es un reflejo de supervivencia, afinado además por los años de entrenamiento en Bogotá y en otras ciudades similares como Lima y Quito. Incluso más en el centro, los grupos se las arreglan para rodearlo a uno a ver qué le sacan sin que uno se dé cuenta. La primera estaba desprevenido (malas costumbres que coge uno en Besançon), pero finalmente no me pasó nada.

República Checa entró a la unión europea en 2004, pero todavía no han adoptado el euro. Ocasión perfecta para agrandar mi coleción de monedas con coronas checas. Un euro son unas 25 coronas. Y tienen billetes de hasta mil coronas, por lo que vi.

A ver si puedo contar brevemente mis 10 horas de caminata el sábado por Praga. Ubicarse en Praga es más difícil que en otras ciudades. El nombre de las calles no siempre está indicado, y con los nombres que tienen es imposible retenerlos. Además, tienen un doble sistema de placas. Una azul para indicar el número de la casa en una calle dada y una roja que es única por casa y por barrio y que es menos necesaria en Praga que en otras ciudades donde no se numera por calle sino con los números únicos.

Mi visita de Praga podía empezar por muchas partes. Mi guía me proponía once itinerarios distintos para descubrir desde lo de rigor, hasta los cafecitos perdidos para descansar un poco. Como no tenía sino dos días, ya que iba con un viaje organizado que incluía el transporte y el hotel (para los titulares de una de las tantas tarjetas de descuentos…), tuve que acomodarme y sacrificar cosas.

La ciudad está principalmente dividida en dos por el río que la atraviesa, el Moldava. Del río hacia la izquierda, la zona del castillo, más tardía que la ciudad antigua de la otra orilla. Y entre los dos barrios, el Puente de Carlos. Debe ser una de las imágenes más emblemáticas de Praga, es el primer puente de piedra de la ciudad, originalmente del siglo XII. Pero lo más curioso, son las 30 estatuas a los dos bordes. Las estatuas empezaron a aparecer en el siglo XVII, con la Contra Reforma, como símbolo del nuevo compromiso con el catolicismo.

Este es el emperados Carlos, al lado del puente.

Esta es la torre de la Antigua Ciudad, se construyó después para proteger a la ciudad. Dicen que es una de las torres góticas más bonitas de Europa.

Así se ve una parte del puente bordeado por las estatuas.

Y una de las estatuas más famosas, la de San Juan Nepomuceno. En las placas de abajo, está representado su asesinato. La gente se estira, toca ambas placas con ambas manos, por eso el desgaste.

La vista desde el puente.

Subiendo hacía el castillo, que es la parte elevada que se alcanza a ver en la panorámica de aquí arriba, al lado izquierdo de la foto, se pasa por el barrio de las embajadas, callecitas de edificios renacentistas. Hay una calle, por ejemplo, en que cada casa tiene encima de la puerta un letrero pintado. Y se ve en muchas otras calles también. Se hacía antes del siglo XVIII, para que la gente se orientara antes de que se empezaran a numerar las casas.

Al escritor Neruda (pero no, no ese Neruda, a Jan Neruda).

Una de las embajadas, llena de estatuas.

Esta es la vista de la ciudad desde la entrada del castillo.

La entrada del castillo.

Los orígenes del castillo remontan al siglo IX. Hoy en día es toda una ciudadela, la catedral que se ve, está dentro del castillo.

Un ligero parecido con algunas catedrales francesas, ¿no? Con los caballos, podría ser la de Estrasburgo, aunque mucho más pequeña.

Las gárgolas.

El interior de la catedral es todo un tesoro, un ejemplo:

Una parte del Antiguo Palacio Real.

Una iglesia romana a unos metros de la catedral gótica.

Y lo mejor. Sin hablar del museo de la tortura, al que no me alcanzó el tiempo para entrar, está la Callejuela de Oro dentro del castillo. Hay toda una galería dedicada a las técnicas de tortura. Se pueden ver los instrumentos que se usaban, para cada una de las partes del cuerpo. Y como si fuera poco, se pueden comprar por módicos precios (unos cuantos miles de coronas), armas multifuncionales: la espada-pistola, el cuchillo-pistola, la pistola-arco, etc. Y además, se encuentran las armaduras y mallas indispensables para vestir desde su niño hasta su papá.

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