Madrid se mueve bastante en la noche. El domingo en la mañana es por lo tanto bastante tranquilo. Con el cambio de hora, dormimos supuestamente una hora más. Salimos hacia las 9 a caminar, pero todo estaba cerrado. Desayunamos en una cafetería (obviamente, napolitana con café con leche y zumo de naranja). Luego, fuimos hasta el Templo de Debod, un templo egipcio que parece que trajeron hasta Madrid y lo instalaron para exponerlo.
Entre todo eso, dieron la hora en que abrían los almacenes. Fuimos a comprar algo de comer en el Corte Inglés y, luego en la FNAC, una guía de Madrid para poder armar el itinerario. Después de pasar por el mercado dietético y de haber comprado los productos de soya y los panes integrales de mi mamá, pasamos un momento por el hotel antes de irnos para el Rastro. El Rastro, que yo no conocía, es un barrio que queda entre Lavapiés y La Latina. Son barrios más tradicionales, según la guía, más populares, con más inmigrantes, menos bonitos. Pero en el Rastro está el “mercadillo” más grande de Europa. Es como un mercado de las pulgas que atraviesa el barrio completo y que pareciera concentrar a toda Madrid el domingo hasta las 2 p.m.. Aprovechamos para completar el kit otoñal que mi mamá necesita para Francia.
Almorzamos en Lavapiés, en un restaurante vegetariano, paella vegetariana y hamburguesas vegetales. Y luego estuvimos por La Latina, muchos restaurantes y bares de tapas. Nosotros fuimos a la Catedral… El metro estaba bastante solo. Tuvimos que hacer un par de cambios para llegar allá, muchas bajadas y subidas.
Para terminar la tarde, volvimos a la Plaza Mayor a ver los músicos, cuenteros y estatuas humanas. Nos cruzamos con una bastante original: los petrificados.
