Al fin algo interesante que contar.
Uno, el solsticio de invierno ya pasó. El 21 fue el día más corto de este año, amaneciendo después de las 8 de la mañana y oscureciendo antes de las 5. Afortunadamente los días ya empiezan a alargarse, de minuto en minuto iremos volviendo a un día con una duración tropicalmente decente.
Dos, exámenes y cursos por fin terminaron. Todo bien. Fue un semestre cargado, por aquello de querer hacer dos semestres en uno (como sólo estoy un año en Francia hice al tiempo todas las materias de primer semestre de primer y de segundo año del máster), pero resultó menos pesado de lo que pareció que iba a ser. Aún quedan unos cuantos proyectos para terminar pero para eso están las vacaciones.
Tres, ya era hora de un viajecito. Y esta vez fue bastante improvisado. Planeamos con mi compañera taiwanesa ir a Estrasburgo a ver el mercado de Navidad. Todo el mundo habla de ese mercado y después de ver el de acá, el deprimente mercado de Navidad de Besançon, y como ya el año pasado había visitado el de Montbéliard, mucho mejor que el deprimente de acá, pues este año figuró Estrasburgo. Nos encontramos el sábado allá. Ella estaba con otra amiga taiwanesa que vive en Londrés y que no hablaba francés (porque apenas está aprendiendo inglés). Se imaginarán, obviamente, que comunicamos por señas y en inglés balbuseado (de parte y parte). Menos mal teníamos una intérprete.
Estrasburgo en sí ya no me sorprende. Es la cuarta vez que voy y sigo pensando que es una ciudad en la que me gustaría vivir, pero ya me la conozco. Lo impresionante fue el mercado. Resultó que no es EL mercado, sinos LOS mercados. Hay más de diez mercados repartidos por toda la ciudad. Todo está profusamente iluminado y la afluencia de gente es sorprendente para estas latitudes, en estas épocas y con este clima. Pero así es. Se nos fueron dos noches visitando todos los mercados. Viendo todas las decoraciones, chismoseando todas las cosas exóticas y comiendo y tomando. Obviamente comí tarte flambée y tomé mucho vino caliente. Además el clima estaba muy agradable, nada de temperaturas negativas, apenas para poder pasearse incluso sin guantes y sin bufanda.
Esta es la entrada de uno de los mercados. En mi ignorancia, no sé si está escrito en alemán, pero mi intuición me dice que no, debe ser más bien alsaciano, el dialecto alemán que hablan los alsacianos.
Este es el “gran” árbol de Navidad, de casi 30 metros.
Y aquí la tienda de arbolitos de Navidad. Porque acá el arbolito es natural y no artificial.
Y éste es papá Noel repartiendo vino caliente a diestra y a siniestra.
Esta es una de las calles cerca a la Catedral, en pleno centro histórico, atestadas de gente y con luces, papás noeles y osos colgados por todas partes.
Después de dos días en Estrasburgo, decidí a última hora cambiar mi tiquete de regreso a Besançon y quedarme unos días más con las taiwanesas. Decidimos irnos para Alemania. Primera vez para ellas, tercera para mí. Y como el presupuesto era limitado, no podíamos ir muy lejos. Obviamente sugerí Colonia, o más al este, o incluso Luxemburgo, pero al fin decidimos irnos para Baden-Württemberg, la región fronteriza con Estrasburgo, la misma en la que ya he estado dos veces. Resignado, al menos traté de no ir a visitar las mismas ciudades en las que ya he estado. Creo que esta vez ya acabé el barrido de la región y espero que el futuro me lleve a otras partes de Alemania
Reservamos un albergue en Stuttgart, la capital del estado. Luego, compramos un tiquete hasta Offenburg y nos montamos en el tren. Llegando allá, íbamos a comprar un tipo de tiquete (que no existe en Francia) que permite viajar ilimitadamente durante un día en todos los trenes del estado y por el mismo precio hasta 5 personas. Pero antes de comprarlo se nos acercaron otros dos viajeros (casualmente taiwaneses también – lo que no sorprende ya que según mis cálculos el 80% de los turistas por estas épocas son orientales) que ya lo habían comprado y nos propusieron viajar con ellos. Así que terminamos en Heidelberg, que es destino obligado, aunque yo ya había ido en el 2002. Pero valió la pena, volví a ver el centro, la Catedral, el puente, el famoso castillo. Y sobre todo el mercado de Navidad, a la altura de las expectativas después del de Estrasburgo.
Aquí en el puente con la catedral al fondo.
Y el castillo en medio de la niebla.
Estas son las dos taiwanesas con nombres imprononciables (que el tono ascendente, que como cuando se hace una pregunta, que la consonante retrofleja, ayayay, mucho pedir para una pobre lengua acostumbrada a los escasos sonidos normalitos del francés y del español).
La panorámica desde el castillo.
Y en la noche, a tomar Glühwein (más vino caliente). Sólo que los alemanes de por acá son más elegantes y no lo sirven en vaso desechable sino en pocillo…
Hmmm… y salchichas, salchichas y más salchichas.
Y tomen vino y más vino.
Llegamos esa noche muy tarde a Stuttgart. Al día siguiente salimos a visitar la ciudad. Es una ciudad bastante industrial. De hecho, la región es una de las más dinámicas a nivel económico en Europa, la comparan a Cataluña, a Lombardía y a Ródano-Alpes por el ritmo de desarrollo, los cuatro tigres europeos. Y que no se nota, sólo hay que ver los carros estacionados en la calle en el barrio del albergue… pero como no soy aficionado, no les saqué fotos…
Estos son los trencitos en una reproducción a escala de un pueblito típico de por acá, lleno de maisons à colombages, las casas con la armazón en madera visible y pintada.
Y el mercado de Navidad tampoco se quedaba atrás, ni en extensión ni en pintoresco. Súper animado y con todos los techos súper decorados. Parecía un cuento representado en cada techo.
¿Hansel y Gretel?
Hmmm, y más Glühwein, para salir alcoholizado de Alemania.
Algo interesante fue el ver Alemania más allá de mis experencias anteriores, a través de los ojos de dos taiwanesas. En donde yo veía una manada de mala gentes, estas niñas quedaron encantadas con los alemanes y con Alemania. Resultó que son súper amables, cada vez que les preguntábamos algo nos respondían (con un inglés impecable generalmente), nos resultaron varias veces con “yo los acompaño que también voy para ese lado”, o hasta se paraban a ofrecernos ayuda espontáneamente. Quedaron sorprendidas ellas, al considerar la cosa respecto a Francia en donde la gente generalmente las trata de manera mucho menos servicial (si es que las trata). Quién sabe si habrá sido el espíritu navideño que los transforma, o el hecho de ser dos bellas taiwanesas o simplemente por la posibilidad de comunicación en inglés de la que yo carezco. El punto es que ellas ya están programando el próximo viaje.
De Stuttgart fuimos a dos ciudades cerca. Aprovechando una vez más de algo que la mayoría de ciudades francesas tampoco tiene, un sistema de transporte súper eficiente que intercomunica todo. Seguramente ya lo había escrito a principios de año… Cada ciudad acá tiene su tranvía que se convierte en metro de cercanías al salir del centro. Así que se monta uno en cualquier tranvía y va a donde quiera por un precio módico, sin necesidad de ir a la estación de tren para ir a la siguiente ciudad. Nos recomendaron Ludwigsburg que la verdad me decepcionó. Tiene un castillo barroco que estaba cerrado y que apenas vimos de afuera. Podrá ser bonito pero los castillos alemanes que he visto hasta ahora están lejos de los franceses… tendré que seguir buscando (tengo pendiente el Neuschwanstein, por ejemplo). De resto, nada que ver, el mercado de Navidad ya lo habían desmontado y fuera de eso, no había mayor encanto.
Fuimos hasta otro extremo en la red de tranvías, hasta Esslingen am Neckar. Eso resultó mucho mejor. Una ciudad más típica, con las típicas casas y un centro mucho más agradable. Aunque el mercado también lo estaban terminando de desmontar ya.
Esta es una iglesia con autómatas.
Y la catedral detrás de la casa de mis sueños.
Para el último día, fuimos a Tübingen. Había oído hablar pero no había podido visitarla. Para cerrar el viaje estuvo perfecto. Es una ciudad al sur de Stuttgart, preciosa y súper animada. Llegamos en día de mercado (normal, no de Navidad), pero nos encontramos las calles atestadas de gente. Había un bar en plena plaza del mercado en que todo el mundo estaba agolpado tomando cerveza antes de medio día. Los alemanes por todos lados, hablando, tomando, comiendo, en medio de una vida callejera social agitada, ¿quién se lo habría imaginado?
Esta es la vista desde el castillo.
La plaza de Mercado.
El Rathaus, la alcaldía, supongo. Recuerda a la de Mulhouse con toda la fachada pintada.
El último almuerzo. Salchicha y cerveza.
Y aquí terminó el viaje. Balance positivo, dispuesto a volver a Alemania a la menor oportunidad. Y regreso a Estrasburgo, y luego a Besançon.
