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Empezando el año con el pie derecho

Así es, había que empezar el año con el pie derecho después de las seudovacaciones que tuvimos y que además fueron muy cortas. Cinco proyectos se comieron más o menos la mitad de las dos semanas que teníamos. Bueno, digamos que fue el intermedio entre Alemania y España.

Pues sí, para este último fin de semana, tan improvisado como el primero, me monté en el primer tren que pasó este año por Besançon rumbo a España, en la noche misma del 1°. Y después de casi 12 horas atravesando Francia, sin mucho dormir, habiendo sufrido otra vez el famoso cambio del ancho de ejes del tren en la frontera, llegué a Barcelona en la mañana del 2.

Si la idea era ver sol, el plan fue un fracaso. Apenas el tercer día logré recordar la forma del sol cuando por fin se asomó. Pero más allá de las nubes a las que ya estoy más que acostumbrado en Franche-Comté, las delicias del clima mediterráneo no se ponen en duda. Más de 10 grados hizo todo este fin de semana. Unos 15 por encima de las temperaturas que tenemos en este momento en regiones más septentrionales.

Y lo mejor de lo mejor, la masa de gente, el olor a ciudad, el ritmo de vida de un mundo que no duerme. En fin, no voy a extenderme mucho en los detalles, ya bastante conocidos además. Pero después del año y medio de vida aletargada en Besançon, cualquier ciudad es para mí un baldado de agua tibia. Y especialemente este fin de semana. Aproveché hasta el final la masa de gente, “el ir y venir de esa ciudad ociosa que llevaba años y años sin dormir, yendo y viniendo por los tres andenes de esa avenida o paseo, de la Plaza de Cataluña a la glorieta de Colón y de ésta a aquélla, como tratándose de encontrar a sí misma”, “la ciudad de los hombres-péndulo”. (Premio al que le dé al autor de la cita).

El plan fue, por lo tanto, dedicarme a la flânerie durante tres días. Manera de vengar, además, mi última estancia en Barcelona que había tenido que contentarse con ver desde lejos la ciudad y sacarle fotos corridas desde el techo hirviente de un bus. Y de vengar, ya que hablamos de venganzas, mi primera vez en Barcelona en el 2002 (acompañante de la excursión de los niños del colegio a Alicante) que, por culpa del pensamiento lento de un conductor de bus, no me permitió más que visitar la Sagrada Familia y pasar a toda velocidad entre la Glorieta de Colón y las ramblas para tomarles una foto corrida.

La venganza consistió pues en callejear hasta que los signos del agotamiento extremo empezarán a aparecer, lo que, obviamente, es difícil en mí. Así que, en la realidad, eso se tradujo en vagabundeos hasta después de media noche. “El insomnio de la ciudad se le había venido a sumar al propio”. A pesar de ser primeros días de enero, Barcelona no se vacía como Bogotá. Al contrario, la Navidad aún no termina, era el fin de semana anterior a los Reyes. Los centros comerciales (sí, porque de esos allá sí hay muchos), están atestados de gente. Los niños hacen la cola para hablar con los Reyes, sentados en su trono, y hablar dos minutos con ellos. Todos compran regalos. Todos compran Guitar Hero, los mini-computadores portátiles de 9 pulgadas, todas las novedades de la estación.

En fin… todo eso me sirvió para darme varios bains de foule (verdaderamente necesarios, lo reconozco). Y con esto todas las deudas quedaron saldadas. Aunque este fin de semana no puede seguir siendo nada más que un simple abrebocas para el año que voy a pasar allá y que se va acercando a pasos agigantados. Afortunadamente.

La segunda parte del plan era volver a comprar mis libros de catalán, los mismos que compré en el verano y que me autoenvié desde España para no cargarlos por Italia pero que nunca logré recuperar por culpa de la incompetencia de los servicios postales españoles y franceses, y lo digo duro y sin pena (hace apenas un mes me resigné a perderlos). Así que me pasée todos los Cortes Ingleses y FNAC de Barcelona hasta que me hice otra vez a un diccionario català-francès, a un curs de pronunciació, a un manual llamado català sense distàncies y a un libro en catalán fácil, el comte de Montecristo. Con eso quedé perfectamente equipado para los meses que me quedan antes de llegar allá.

Y, última precisión, erratum, el catalán sí existe. Recuerdo haber escrito en verano que no había escuchado hablar a nadie en catalán y que asumía que la lengua era poco usada. Pues no, hay que saber cuándo ir y a dónde ir. La gente habla catalán, y yo no entiendo ni papa. Y es frustrante llegar a un restaurante y ver todo el menú en catalán, la deducción le alcanza a uno para saber que lo que uno quiere se llama entrepà, pero ¿y qué diablos lleva por dentro? Bueno, estoy exagerando un poco, después del español, el francés, el italiano y hasta un poco de portugués, el catalán no es más que otra lengua latina, en algo se parece a todas.

Y sin mas cháchara, ahí van algunas de las fotos:

La plaza de toros que se está convirtiendo en centro comercial.

El museo de arte de Cataluña y el principio de la subida hacia el Montjuïc.

La famosa. Y el mejor punto de vista para verla desde lo lejos.

Viva el catalán.

Yo que pensé que esto sólo se veía en Italia o en Grecia. Mediterráneo es Mediterráneo definitivamente (y hay calles mucho más impresionantes, pero no andé con mi cámara todo el tiempo). (Para el desincronizado, me estoy refiriendo a los balcones llenos de matas y de ropa secándose, esa es una visión que sólo se aparece en climas meridionales).

Constancia de la temperatura que hacía el 2 de enero.

Constancia de que estuve en la Rambla de Mar con Colón al fondo.

Frente a la Rambla de Mar.

Se había instalado como un turista más en el Café de la Ópera, que tenía mesas afuera, en el andén del centro. Desde esas mesas se podía ver enfrente, cruzando la calle, el hueco donde estuvo antaño ese teatro famoso que se quemó, ¿y que se llamaba cómo? ¡Qué más da, se me olvidó! Todo pasa, todo se olvida: teatros, barrios, hoteles, ciudades, perros, gatos, gente… Del incendio del teatro no quedaron sino ruinas y cenizas; y cuando descombraron las ruinas y el viento se llevó las cenizas quedó el hueco. – Ah, pero eso sí – se dijo el viejo -, un hueco prestigioso.

(reconstruído).

Por el Barrio gótico.

La irresistible playa solitaria del invierno.

La Rambla a esas horas hervía de gente. Gente y más gente y más gente, todos desconocidos, todos extraños, un desfile de fantasmas sin parar“.

(a esas, y a todas horas).

Viva el catalán otra vez.

Y, obvio, que viva Gaudí.

Hacía rato que no veía un pesebre de esas dimensiones.

Y por fin salió el sol, la Rambla de Mar.

Ya casi llegan los Reyes.

Un reencuentro… Y tengo un par de candidatos para que se cuelen en la foto la próxima vez.

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