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Fin de semana en Zürich

Los días se están volviendo dramáticamente más largos cada día. La luz me despierta en las mañanas antes de las 7 y a las 7 de la noche aún el sol no termina de ocultarse. No sé qué es peor, no tener luz o tener mucha. No hay como el trópico y su cuasi inmutable equilibrio entre luminosidad y oscuridad.

La primavera lleva semanas haciéndonos ojitos. Este fin de semana que pasó hizo una de sus primeras grandes incursiones del año. En el sur la gente fue al mar y algunos hasta se bañaron. Yo en cambio me fui para Suiza a visitar Zürich. Un paseo organizado para los Erasmus. Y aprovechando que desde diciembre Suiza está oficialmente en el espacio Schengen.

Besançon no está tan lejos de Zúrich. Se toma la autopista hacia el norte, hasta Mulhouse, pasamos al lado de Basilea y en unas 4 horas estábamos en pleno trancón en el centro de la ciudad más grande de Suiza (unos 400.000 habitantes…).

Zúrich está en la parte de Suiza en donde se habla alemán. Y la cosa recuerda bastante a la Alemania del sur-oeste que tanto he visitado. Salchichas por todas partes y la gente igual de servicial. Aquí se come Servelat o Bratwurst. Así como la imagen del eterno sándwich es indisociable del francés promedio, parecería que en esa parte de Suiza el andar por la calle con un pan rendondo y una salchica en una mano, y un tarrito de mostaza en la otra, forma parte del paisaje urbano.

Habría que agregar, luego, a la gente leyendo el periódico en los tranvías y en los buses y, por qué no, incluso a las vacas camufladas en cualquier rincón del polo económico más importante de Suiza (que no la capital, porque ahí estaríamos hablando de Berna).

Es una ciudad bastante industrial, con atracciones atípicas como esta torre que nos recomendaron los estudiantes suizos. Una torre hecha de contenedores de no sé qué fábrica de insumos para carros, amontonados para poner luego una tienda adentro.

Tuvimos dos días para visitar. La ciudad vieja no es inmensa, alcanzamos a darle varias vueltas. Intentamos varias veces tomar un barco para dar un paseo por el lago Zúrich, pero todos nuestros intentos se frustaron por una u otra razón. Al final sólo vimos desde la orilla el paisaje del lago con los Alpes nevados, pero escondidos detrás de las nubes, al fondo.

El centro tiene su encanto. Un par de iglesias, con inmensos relojes dorados y unas cúpulas puntiagudas que resaltan entre los techos de tejas del centro.

El río atraviesa el centro y va hasta el lago. Ésta es la catedral.

Y la panorámica de todo el centro desde la orilla del lago.

Suiza también es queso… Comimos fondue con los erasmus alemanes, mucho queso y mucho vino.

Y, obviamente, pero cómo no, CHOCOLATE. Nos fuimos al café más tradicional de Zúrich (bueno, en realidad el más tradicional está cerrado por un tiempo, pero el mismo dueño tiene otro al que nos aconsejaron ir): el café de don Felix. Y allí nos mandamos sendas tasas de chocolate con sendos pastelitos y escuchando el piano y el violonchelo que dan concierto los domingos en la mañana. Todo por el módico precio de 8,50 CHF por el chocolate y casi 7 CHF por el pastelito… pero valió la pena.

Y después nos mandamos otra senda Bratwurst antes de dejar Zúrich…

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