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Cerdeña, primera escala: Cagliari

Con el ambiente más surrealista posible empieza el relato de estas cortas vacaciones, de estas “vacaciones de primavera” que vienen a incrustarse en este gran período de inactividad relativa que empezó con las vacaciones de Navidad y que va a terminar con las de verano, sin olvidar las de invierno de hace unos días. Un semestre poco movido para mi gusto, o muy movido, diría el movimiento estudiantil.

Mi regalo de cumpleaños de mí para mí fue un viaje a Cerdeña. Lunes 20 de abril, 3 de la tarde, salida para París. Dos noches en París, lo que me dio tiempo para pasar por el consulado español a empezar las vueltas para la visa del año entrante. Luego al consulado colombiano, a autenticar una carta (sería más exacto decir: “a que me atracaran”, ya que la vueltica costó 28 euros) y a mandar a traducir mi pase. Y para no perder la costumbre, el tiempo me alcanzó hasta para vagar por las calles de París.

Y ahora estoy en un café-librería, en el centro de Cagliari, tomándome “una cioccolata con panna”, comiéndome una “torta al limone”, escuchando “Chéri FM” adentro y un radio puesto a todo volumen afuera que grita “Cali pachanguero, Cali luz de un nuevo cielo”. ¿No es surrealista?

Llegué de noche a Cagliari, después de las 10, había llovido a cántaros y el piso estaba todavía mojado. En el fondo, esperaba encontrar una Sicilia un poco más pequeña. Eso se llaman prejuicios, tenía la idea de que por ser ambas islas, ambas mediterráneas y ambas italianas, Cerdeña y Sicilia iban a ser más o menos la misma cosa. Tremendo error. Cerdeña tiene una historia muy distinta. Cerdeña fue fenicia y cartaginense y romana y vándala y bizantina y árabe y pisana y española y “savoyarde” antes de ser italiana lo que se dice italiana. Sólo al final del siglo 19 Cerdeña se integró a Italia, pero no tardó más que algunas décadas en lograr un régimen especial de autonomía en vista de su especificidad histórica y cultural. Así que Cerdeña es cuento aparte. Y cuatro siglos de dominación española dejaron su huella también.

Para empezar, acá se habla sardo, que no es un dialecto del italiano como los dialectos que se hablan en el resto de Italia. El sardo es un idioma que se desarrolló independientemente de los dialectos continentales, la intercomprensión por lo tanto es mínima. Claro que hoy todos los sardos hablan italiano, de hecho, en Cagliari, escucho a todo el mundo hablar italiano estándar y no sardo, que parece que está en vía de extinción y se conserva poco en las ciudades más grandes. Lástima, como todas las lenguas pequeñas que van desapareciendo.

Cerdeña también es mucho menos frecuentada por los turistas. Las atracciones, según las guías turísticas, parecieran ser casi exclusivamente naturales o deportivas, mucho menos culturales o históricas. Así y todo, a pesar de las dudas, terminé decidiéndome a embarcarme en esta aventura de 10 días para atravesar la isla.

Y en vez de encontrarme con una ciudad ruidosa, estresante, peligrosa y caótica como Palermo me pareció, me encontré con una ciudad no tan pequeña, pero tranquila, agradable, bonita. Se respira un ambiente de seguridad como en pocas partes en Sicilia o en Italia continental. Puedo equivocarme, pero en cualquier caso la impresión que me produjo Cagliari es diametralmente opuesta a la que me produjo Palermo. Y como lo que cuentan son las primeras impresiones…

Para los que planean futuros viajes y toman nota de mis consejos, el albergue juvenil de Cagliari es recomendadísimo. Con el albergue en el centro de Barcelona, es de los mejor situados, en pleno centro histórico, a 10 minutos de la estación de tren. Y en presentación, es de lo más decente con el albergue de Stuttgart, aunque éste se queda un poco atrás. Todos en la categoría de los aconsejados por una u otra razón junto con el de Ravenna.

Mi primer día estuvo dedicado a explorar la ciudad. La sensación es de un estar en Italia sin estar en Italia, o en una Italia un poco diferente. La gente tal vez un poco menos expresiva, gestualmente hablando, y en la calle menos “Frutta e verdura” de los que pululan en el sur de Italia, aunque un ritmo de vida muy parecido: la vida empieza con mucha calma hacia las 9 de la mañana y hasta la 1 de la tarde, luego todo el mundo desaparece y sólo hasta las 4 o 5 se vuelven a poblar las calles, hasta las 8 o 9 de la noche. Pizzerías y paninerias pero no en cantidades. Aún no he visto los mercados. Cosas extrañas no faltan, como la estación de los buses que parecería estar dentro del MacDonald.

Este es el Palazzo Civico, el de la alcaldía si entendí bien.

En cuanto a los museos, empecé con la zona arqueológica de Sant’Eulalia, un museo privado que me pareció relativamente poco interesante para lo que cobran. Pero bueno, algo de arte religioso y unas ruinas romanas descubiertas con los trabajos de restauración de la iglesia.

Dentro de la parte histórica, hay una zona más elevada, amurallada, que llaman el Castello (Castillo), en donde se concentraba la administración en la época medieval. Tenía tres entradas, tres torres, de las que quedan dos. Este es el lado del Bastione de San Rémy, por el que entré al barrio.

Una vista hacia la ciudad desde ahí mismo.

Esta es la torre San Pancrazio, una de las dos que quedan, descubierta completamente por el lado interno de la ciudad porque no necesitaba protegerse. Los españoles las usaron en algún momento como cárceles pero ahora están de nuevo abiertas.

Otra panorámica hacia el centro desde otro punto.

Esta es la segunda torre, la del elefante, que se llama así por el elefante que le colgaron por un lado.

La catedral vista desde la torre del elefante.

Y una panorámica desde esta misma torre, uno de los mejores puntos para ver la ciudad y el mar.

Las cosas aquí no son muy distintas de Atenas o de Nápoles o de Barcelona, los balcones están todos llenos de materas, y de flores en esta época del año, y las cuerdas para extender la ropa no hacen falta. Digamos que puede considerarse normal ver la ropa secándose en las ventanas en estas latitudes, pero ya lo es un poco menos verla colgando de los faroles.

Los sardos son muy religiosos también. Este es un altar en un pasaje entre dos edificios.

De lo que no se puede uno quejar, es de las placas en las calles. Ésta es la primera ciudad en Italia en la que me he podido ubicar de manera decente (pero no he tomado el bus, así que el veredicto no es definitivo). En efecto, en cada casa, una plaquita pequeña tiene el número de la casa y debajo el nombre de la calle, lo que es muy útil para no perderse nunca.

Di una vuelta también por el museo arqueológico, desde la civilización nurágica, los primeros pobladores que dejaron huellas durables en la isla, pasando por fenicios y cartaginenses hasta romanos y más. Esta es una piedra con inscripciones en fenicio.

Las iglesias son también otra cosa. Nada de iglesias a la italiana como las que describía en verano cuando estaba en el continente. Acá las iglesias son distintas. Fachadas barrocas, interiores góticos, decoraciones rococó. Obra de españoles que trajeron el gótico catalán y los retablos barrocos. Aunque también hay iglesias románicas mucho más antiguas, pero en todo caso un poco distintas de las iglesias que me había acostumbrado a ver. Esta es la catedral, con una fachada románico-pisana.

Y esta una parte de muralla, ya cayendo la tarde.

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