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Lisboa

De Sevilla a Lisboa no hay mucho camino. Unas cuantas horas en bus bastaron. Y las cosas no son muy diferentes. Los precios son aún más bajos que en Andalucía. Pero el idioma es a fin de cuentas tan parecido que las dificultades de comprensión no se sienten (tanto así que mis papás terminaron hablando español como si estuvieran en España y se defendieron solitos sin ayuda). La gente es muy amable. Incluso diría que nos trataron mejor en Portugal que en España. En España la gente que atiende tiende a ser bastante brusca y seca. Los portugueses en cambio son de lo más pacientes. De resto, aunque Portugal sea más un país más atlántico que mediterráneo, el ambiente en Lisboa es muy parecido al de otras ciudades mediterráneas. Las calles son muy coloridas, los balcones floridos y llenos de ropa colgada. El clima es suave, el verano no es tan caliente como en el interior, como en Madrid o Sevilla, es muy templado. Pero bueno, tampoco es España, Portugal tiene sus diferencias.

En la primera parada del bus en tierras portuguesas, mi papá encontró al fin su tan deseada sopa, a un precio además inigualable, un euro y pico.

Estas noches las pasamos en un albergue juvenil. Menos comodidad que un hostal, pero el desayuno, al menos en este albergue, no estuvo mal.

Portugal es una ciudad relativamente nueva. En 1755 un terremoto destruyó prácticamente todo. Estas son las ruinas de una iglesia gótica que quedaron después del terremoto.

La ciudad esta construida sobre varias colinas. Así que todo el tiempo se sube y se baja. Por eso hay varios ascensores y funiculares.

Lo curioso, es que los lisboetas decidieron conservar unos antiguos tranvías de un sólo vagón que atraviesan la ciudad en todos los sentidos haciendo un estruendo terrible. Son viejos, destartalados, ruidosos pero tienen su encanto y hacen parte de la imagen de la ciudad.

Y toque todo como siempre.

El carrito del fado.

Y el espectáculo de fado que no fuimos a ver. Y yo dije que ir a Lisboa y no ver fado era como ir a Sevilla y no ver flamenco, pero no me hicieron caso.

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Subida al castillo. Contemplando el paisaje.

En las murallas del castillo.

El castillo se llama por cierto, san mí. Y los precios son de lo más bajo que se ve en Europa. Y para completar, se pueden comer salgados.

Y es que por aquí somos famosos, tenemos calle y todo.

La imagen estereotipo de Lisboa, la de postal. La catedral y el tranvía.

Pasando el tiempo.

Una de las particularidades de Portugal. Aunque los azulejos son árabes y llegaron por España y se importaron primero a Portugal desde Sevilla, los portugueses se apropiaron de la técnica y la volvieron una parte esencial de la arquitectura. Basta con pasearse por la ciudad y ver todas las fachadas cubiertas de azulejos para ver el efecto que tienen en la ciudad.

Este es el castillo visto desde una de las colinas de la ciudad.

Montando en tranvía.

Un barrio a unos kilómetros del centro, Belém, es clave en la historia de Portugal. De aquí zarpó Vasco de Gama, el gran navegante portugués, en busca de las Indias. Y de donde se fue, hoy, hay un monasterio, el Monasterio de los Jerónimos, que es patrimonio de la humanidad. Visto desde afuera.

La tumba de Vasco de Gama.

El claustro, es estilo manuelino, una exclusividad portuguesa, mezcla de gótico, mudéjar y renacimiento.

La tumba del escritor portugués más grande del siglo XX, Pessoa.

El monumento de los descubrimientos. A orillas del río Tajo. Luchando contra el viento.

La torre de Belém, también patrimonio de la humanidad.

En el museo de los azulejos. Don y Doña.

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