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Pueblitos catalanes

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El año avanza. Ya llega de nuevo la primavera. Una primavera que esperaba en todo caso con menos ansia que las últimas, ya que este último invierno, después de los dos que pasé en Besançon, lo viví como una cuasi primavera constante. Igual, no dejan de ser reconfortante los brotes de los plátanos, los días que se alargan y las temperaturas que se suavizan aun más. Es uno de los momentos perfectos del año, en el que aún se puede sentir ligeramente algo de frío, como en Bogotá, y antes de que los días se alarguen exageradamente y mi reloj biológico se descuadre totalmente, antes del calor sofocante del verano barcelonés.

Es buen momento también para viajar. Mis impulsos constantes de escapada se han calmado muchísimo desde que estoy en Barcelona. Supongo que es gracias a la multitud de estímulos que tienden a mantener mi mente activa. Algunos dirían que esto es terreno para la dispersión. Para mí fue saludable. Y aunque nunca hay que decir “de esta agua no beberé”, en este momento la idea de volver a Besançon para hacer un doctorado está entre las últimas posibilidades. Sería un retroceso difícil de llevar después de haber recuperado un estado de ánimo similar al que tenía en Bogotá. Claro, rechazar esa posibilidad implica tocar en otras puertas. Y el momento de hacerlo ya llegó. Estoy en eso. Ya les contaré cuando sepa con certeza qué será de mí…

Pero a lo que iba es a que, aunque mis pulsiones viajeras han perdido protagonismo, las circunstancias se han dado últimamente para al menos salir un poco de Barcelona y visitar la región. Este último fin de semana estuve en varios pueblitos. Aquí va un recuento de los dos días de viaje.

La primera parada fue un pueblito a unos 100 km al norte de Barcelona y al que se llega serpenteando mientras se sube hasta 800 metros sobre el nivel del mar. Rupit, así se llama, es una miniatura de unos 300 habitantes. En el núcleo medieval todas las casas y calles están hechas de piedra. Algunas vistas:

Rupit: panorámica.

Rupit: panorámica.

Rupit: panorámica.

Rupit: panorámica.

Rupit.

Rupit.

La iglesia es de estilo barroco-neoclásico.

Rupit: iglesia.

Rupit: iglesia.

Y esto es en el puente colgante.

Rupit: puente colgante.

Rupit: puente colgante.

Después de una mini-excursión por los alrededores del pueblo, rumbo a Castellfollit de la Roca, otro pueblito más grande pero bastante curioso. Éste tiene unos 1.000 habitantes pero la ciudad vieja está situada en un riscal.

La cuestión es que dos erupciones volcánicas se superpusieron hace miles de años. Luego, dos ríos fueron erosionando poco a poco los restos volcánicos dejando en el centro un hilito de roca de 50 metros de alto y un kilómetro de longitud. En ese peñasco se construyó la ciudad medieval esencialmente con piedra volcánica. En el extremo está la iglesia renacentista con un campanario que hace de mirador y una plaza detrás, antiguo cementerio, que domina todo el valle.

En cuanto al nombre (en catalán), una de las versiones dice que el aspecto del peñasco dio lugar a lo de Castillo porque parece una fortaleza y que las formaciones de basalto, al parecerse a hojas alargadas, hacían pensar en el follaje de un árbol. Esto se vería en la panorámica si las condiciones luminosas hubieran estado a nuestro favor.

Castellfollit de la Roca: panorámica.

Castellfollit de la Roca: panorámica.

Y éste es el ancho del pueblo, caben 2 o 3 casas antes del precipicio a cada lado.

Castellfollit de la Roca: desde el campanario.

Castellfollit de la Roca: desde el campanario.

La tercera parada no se quedaba atrás en encanto. Era Besalú, un pueblito bastante cercano a la frontera con Francia, a menos altitud, 150 m, y más grandecito, con más de 2.000 habitantes. Este pueblito medieval surgió alrededor del Castillo de Besalú hacia el siglo X. Su importancia radica en su unidad como conjunto medieval, uno de los más importantes de Cataluña. Esto es antes de atravesar el puente para entrar en la ciudad.

Besalú.

Besalú.

El puente en toda su extensión.

Besalú: puente.

Besalú: puente.

Besalú: puente.

Besalú: puente.

La iglesia.

Besalú: iglesia.

Besalú: iglesia.

Y ésta es la Silla por la Paz. Por pura coincidencia íbamos pasando por el lado, cuando, en pleno acto de donación, todo en catalán obviamente, el tipo este empezó a hablar en español con acento paisa explicando las razones y los años que lo habían llevado a concebir esta silla, por la paz de Colombia pero no solamente.

Besalú: cadira per la pau de Duván.

Besalú: cadira per la pau de Duván.

El segundo día estuvo dedicado a Cadaqués, un pueblito costero de unos 1.800 habitantes, todo blanco, rodeado de olivos y aislado durante mucho tiempo del resto de Cataluña por las montañas. Aunque durante mucho tiempo sólo se llegaba en barco, a principios del siglo XX se hizo famoso gracias a artistas como Ernst, Éluard o Magritte. Dalí pasó aquí parte de su infancia y adolescencia y de ahí surgió la inspiración de muchas de sus obras. Así se ve el pueblo.

Cadaqués: panorámica.

Cadaqués: panorámica.

Cadaqués: pueblo y yo.

Cadaqués: pueblo y yo.

Esta es la Casa Azul construida en 1910.

Cadaqués: casa azul.

Cadaqués: casa azul.

Los plátanos recién despertándose del aletargamiento invernal.

Cadaqués: paisaje invernal.

Cadaqués: paisaje invernal.

Techos y chimeneas, tema recurrente de mis fotos.

Cadaqués: techos.

Cadaqués: techos.

En los años 30, Dalí y su esposa, Gala, compraron algunas casas de pescadores en Portlligat, un pueblito a un kilómetro de Cadaqués. Durante años la fueron estructurando de forma laberíntica y decorándola con su estilo. Después de huir a Estados Unidos en 1940 a causa de la Segunda Guerra Mundial, en 1949 volvieron a Cataluña y se instalaron definitivamente aquí. Hasta la muerte de Gala, a principios de los 80. Dalí volvió entonces a Figueras, donde había nacido, y murió ahí en 1989.

Éste es el recibimiento al entrar en la casa.

Casa Dalí: vestíbulo del oso.

Casa Dalí: vestíbulo del oso.

En el taller se ven dos obras inconclusas de Dalí.

Casa Dalí: obra inconclusa.

Casa Dalí: obra inconclusa.

Un reloj caracol de Tiffany’s.

Casa Dalí: reloj caracol.

Casa Dalí: reloj caracol.

Por esa ventana entraban los primeros rayos del sol en la madrugada. El espejo a la izquierda servía para reflejarlos hacia la cama de Dalí. Por la ubicación de Portlligat, Dalí presumía de ser el primer español en ver el amanecer.

Casa Dalí: amanecer.

Casa Dalí: amanecer.

Aquí llegaban los reflejos del amanecer.

Casa Dalí: dormitorio.

Casa Dalí: dormitorio.

Este era el salón de los pájaros con la jaula para los canarios. Fíjense en la mancha negra en la pared, a la derecha de la ventana, arriba de la matera en el segundo escalón.

Casa Dalí: salón de los pájaros.

Casa Dalí: salón de los pájaros.

Pues esa mancha era la jaula del grillo. Al señor le gustaba escuchar los grillos.

Casa Dalí: jaula de grillo.

Casa Dalí: jaula de grillo.

Esto es desde el palomar. Vista al mar. Huevos en los techos, como en el Museo-Teatro de Figueras, símbolo de fertilidad.

Casa Dalí: palomar.

Casa Dalí: palomar.

El Cristo de las basuras.

Casa Dalí: Cristo de las basuras.

Casa Dalí: Cristo de las basuras.

Un lavabo en el patio.

Casa Dalí: patio.

Casa Dalí: patio.

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