Dos años duraba el máster. Tenía pinta de ser largo. Ya se acabó.
Junio era oficialmente el último mes del máster. Las clases habían terminado hacia abril y desde entonces habíamos estado completamente dedicados a nuestros trabajos de investigación. Redactar la tesis y entregarla para revisión de los directores, entregar la versión final para el jurado, escribir un artículo en inglés sobre el tema para posible publicación en otoño en una revista de la universidad, preparar la sustentación en inglés. Fueron un par de meses bastante atareados.
Poco a poco dejé de ir a la universidad a medida que terminaba los cursos de inglés y catalán. La verdad es que este segundo semestre me desgastaron mucho las madrugadas para llegar a las 8 todos los días a inglés. Además, entre idiomas y gimnasio me daban siempre las 2 de la tarde. El cansancio hacía poco productivas las tardes y el tiempo se me iba quedando corto. En cualquier caso, no deja de ser cierto que esos dos cursos fueron los más estimulantes de todo el año y que la inversión en idiomas siempre termina dando frutos. Inglés lo hizo muy rápidamente. Hace un año, para la presentación en inglés que hice en el congreso de Besançon, me sentía incapaz de escribir mi propia ponencia. Durante este año, logré volver activo parte de mi inglés pasivo y consolidé muchas cosas. Cuando llegó el momento, me senté con toda tranquilidad a escribir mi artículo y a preparar la presentación oral. De catalán tengo un certificado oficial de nivel B2 (el cuarto nivel de seis según el marco europeo), ya terminará sirviendo.
Así que terminé remplazando a la hemeroteca de la Autònoma con una biblioteca pública cerca de mi casa, a un par de cuadras, con todo lo necesario e incluso una terraza para estudiar al aire libre. Mis días fueron entonces mucho más relajados, podía empezar a las 10, volver a almorzar al apartamento (incluso a veces echarme una siesta) y estudiar luego hasta las 9.
Pero decía también que lo más estimulante que hice este año fue estudiar idiomas. Claro, es obvio que ésa ha sido siempre mi pasión número uno y era apenas natural que vivir en Cataluña se tradujera en una inmersión en el catalán. No lo desaproveché, fueron unas 450 horas de estudio. En cambio, por el lado del máster, las cosas me convencieron menos que en Besançon. Todo fue más disperso, el grupo tuvo menos cohesión.
Teníamos clases sólo dos veces a la semana y cada dos o tres semanas veíamos a un profesor nuevo. Al final tuvimos una pincelada de muchas cosas pero pocas oportunidades de encarretarnos con un tema. La prueba son mis apuntes, terminé con varios kilos de apuntes de primer año y sólo unas cuantas hojas de todo el segundo año. Y como yo ya tenía créditos de sobra de primer año y nada me enganchó de verdad, terminé haciendo sólo el mínimo de créditos que necesitaba.
Por el otro lado, el grupo nunca se formó, había demasiadas eslavas excluyendo a los que no hablábamos ruso y los que veníamos de Francia excluimos a los demás porque no parábamos de hablar francés. En el medio, quedaron los que no hablaban ni ruso ni francés y que nunca se integraron. Todos repartidos además entre el campus y la ciudad y con múltiples distracciones, por lo que tampoco teníamos tantas razones para compartir como nos pasó el año pasado en Besançon.
Por el lado de mi tema de investigación, fue algo similar. Empecé un tema sugerido por los profesores de primer año con el que siempre tuve conflictos pasionales. Me parecía interesante pero no me convencía la manera en que ellos lo abordaban. Tuve eternas discusiones conmigo mismo (puesto que con mi directora era casi misión imposible) tratando de verlo de una manera que me convenciera. Pero ni el tema logró convencerme a mí, ni yo hice lo suficiente para enfocarlo de otra manera. La verdad es que terminé capitulando. Con el cambio de ambiente y todas las nuevas distracciones que tuve, y habiendo tomado la decisión de no regresar a Besançon a hacer el doctorado, terminé haciendo lo que me sugirieron en Barcelona, a sabiendas de que me iba a ganar unos cuantos problemas.
Claro, escribiendo no me va mal y me di mañas para hacer un trabajo de 100 páginas en que, con mucha retórica, mostraba que entendía lo que hacían en Francia, creaba todo un marco para mi propuesta y mostraba luego como lo que hice en España me había servido para consolidar mi propuesta. Pero la retórica no es más que retórica, una propuesta es sólo una propuesta y yo me quedé en el papel. A todos los profesores en España les gustó mi trabajo, mis dos supervisoras quedaron contentas, el jurado quedó impresionado por el francés. Pero mi directora en Francia quería implementación, quería cosas prácticas, quería programación, quería que le hiciera el sistema que estaba necesitando y que me quedara haciendo el doctorado allá, y pues no le gustó que no fuera así.
A lo hecho, pecho. A pesar de que la mayoría de mis compañeros quedaron con un sentimiento de descontento, este máster reunía las dos cosas que siempre más me han gustado, los idiomas y los computadores. Yo digo que bien encaminado hay salidas interesantes, se trata de saberlas buscar. Para mí, del máster me queda, aparte de la experiencia con dos sistemas educativos y de todos los contactos interculturales, un título con mención très bien a pesar del lunar en el certificado de notas en que se ve un 15/20 de investigación al lado de un reguero de 18/20 y 19/20 en las materias. Lo importante ahora es lograr encontrar un tema que me apasione para el doctorado. Un máster en investigación es más un ejercicio que una verdadera investigación, es explorar las habilidades que se tienen y demostrar que se es capaz de investigar. Pero ahora, para este casi matrimonio de tres años que es el doctorado, necesito sentir mucha química con el director y con el tema, para poderme meter a tope. En eso estoy, en esa búsqueda…
Y esperando que haya novedades que contarles, pues me dedicaré a mostrarles fotos de la semana en el Algarve. Es que, como entre las universidades que organizaban el máster estaba la del Algarve, en el sur de Portugal, pues decidieron organizar el cierre allá (sobre todo para hacer un poco de publicidad, digo yo, ya que los pobres no tuvieron más estudiantes que los que venían de Brasil).
Aquí voy yo, rumbo a Faro, con chica serbia a mi izquierda y chica polaca a mi derecha.
Llegamos a Faro con tiempo. Teníamos un día completo antes de las presentaciones. Todos teníamos todavía cosas que terminar de preparar. Ese día estuvimos encerrados toda la mañana, cada cual con su portátil, mirando sus diapositivas o recitando mentalmente toda la cháchara que teníamos que decir. Claro, como la cosa era en inglés, yo la practiqué no sé cuántas veces. Sin público, con público, sin nativos, con nativos, bueno, todo lo que se pudo.
Por la tarde decidimos darnos un descanso y fuimos a dar una vuelta por un centro comercial.
Las presentaciones duraban dos días enteros. Yo estaba entre los que empezaban. Así que ese día nos emperifollamos todos los que presentábamos y salimos para el campus, a una media hora del centro. El bus se fue llenando con gente conocida y desconocida. Venían los que habían empezado en Francia con nosotros y que habían hecho el segundo año en Inglaterra. Luego toda la gente que no conocíamos que había empezado en Portugal, España o Inglaterra. Estábamos todos en distintos hoteles de Faro pero íbamos todos para el mismo sitio.
Por la mañana se presentaron Zuzanna, la primera a la izquierda, y Tessa la tercera. Por la tarde íbamos Gisela y yo. Parecía que nos hubiéramos puesto de acuerdo para vestirnos todos de negro. Era nuestro duelo por los dos años que se nos acababan…
Sacaron muchas fotos de toda la promoción, no sé si en alguna habremos quedado todos los que éramos y sólo los que éramos. Ésta es una de ésas, hay algunos colados de primer año, algunos que no estaban en el máster, pero la mayoría éramos los de segundo año, aunque faltan otros tantos también.
El fatídico momento al fin llegó. Presenté mi trabajo. Con una pequeña metida de pata en un momento en que me perdí en mi guión, me salté una parte y cuando entendí lo que pasaba tuve que devolverme. La cosa desubicó a la gente pero no hubo más tropiezos. Terminé, respondí las preguntas en inglés y respiré por fin aliviado.
Los que presentamos el primer día decidimos decretar que nuestras vacaciones habían empezado y salimos esa misma noche a celebrar mientras los demás se quemaban las pestañas preparándose para el segundo día. Aquí estamos unos cuantos en una placita en el centro de Faro tomándonos la cerveza más barata que jamás hayamos pagado, como 70 u 80 céntimos, una ganga.
El segundo día de las presentaciones la mitad de los asistentes sólo estábamos corporalmente en esa sala, el suplicio ya había terminado, sólo restaba hacer acto de presencia. No puedo contar qué pasó ese día. Sin embargo, las fotos, que no mienten, me muestran mirándome las uñas o mirando el vacío, en cualquier otro mundo. Pero que no se me reproche nada, hay fotos que incriminan también a los profesores, algunos no paraban de trabajar en sus portátiles o, incluso, hay un video contundente que muestra a la mismísima coordinadora del máster (mi señora directora, por cierto) cabeceando en medio de una presentación. A pesar de todo, me abstendré de presentar cualquier prueba aquí y paso directamente a la inauguración de las vacaciones esa misma noche.
Aquí estamos ya con algunas caipiriñas encima. Bueno, yo tengo algo más que unos tragos encima. Tengo a Tessa, la irlandesa, mi compañera más cercana durante los dos años de máster. Y la otra es Mathylde, la francesa del grupo.
Ésta era la pandilla completa. Tessa a mi derecha, Mathylde a mi izquierda, Zuzanna (la polaca) detrás mío y Ekaterina (la rusa) al fondo. Nosotros cinco éramos los insoportables que no parábamos de hablar francés (excepto Mathylde, los otros cuatro habíamos estado juntos en Besançon). Tessa era la única que intentaba hablar español y siempre había alguien que encontraba ipso facto la manera de volver al francés. Gisela, la morenita de la derecha, tiene el mérito de haber sido la única que no hablaba francés que logró aguantarnos todo el año e integrarse con nosotros, aunque más de una vez se le saltó la piedra por sentirse excluida. Al final era nuestra única razón para hablar español.
A Gisela la despedimos esa misma noche, los papás habían venido a visitarla y ya se iban para Italia y Bélgica antes de regresar a México. Esto fue en la discoteca un poco antes de acompañarla al taxi (obviamente a partir de ese momento no se volvió a hablar español).
El farniente fue nuestra principal ocupación a partir del día siguiente (aunque nos quedaba pendiente la clausura oficial del máster para esa noche). Éste soy yo en Internet (es que estábamos en un albergue juvenil en el que tenían problemas con el wifi, así que íbamos al parque del lado para utilizar el wifi municipal).
Ahora que tuvimos tiempo para ver la ciudad, terminé encontrando algo que me había gustado mucho en Lisboa, las fachadas de azulejos. Los azulejos los trajeron los árabes al conquistar la península. El primer foco de producción estuvo en el sur de España, Sevilla fue punto de referencia. Pero con el tiempo llegaron a Portugal, donde se implantaron y se volvieron también toda una tradición. Tal vez no haya fachadas tan impresionantes en Faro como en Lisboa, pero algunas vimos.
Ésta es la puerta que lleva al casco antiguo de Faro.
Y ésta es otra imagen típica. Los nidos de cigüeñas. Éstos están en la misma puerta de antes.
Una panorámica de la plaza de la Catedral, aquí se ve el palacio episcopal.
La catedral y los naranjos.
Más azulejos, éstos dentro de la catedral.
En el campanario de la catedral.
En el campanario también, con Ekaterina, Sinh (la vietnamita) y Charlotte (la taiwanesa, que obviamente tiene un nombre mucho más difícil y decidió rebautizarse en Europa). Sinh y Charlotte habían estado en Inglaterra y no nos veíamos desde Besançon.
Faro no da directamente al mar, hay toda una zona de bancos de arena que la separa del mar, es un parque natural.
Con Sinh.
Aquí voy yo, orgulloso, recién salido de la tienda de recuerdos con todas mis postales de la ciudad.
Una vez hecho el tour de rigor por el pueblito blanco, a las muchachas no les podía faltar ir a la playa a achicharrarse un poco. Como decía, Faro no tiene mar, así que para ir a la playa es una media hora de camino, y quedamos más bien decepcionados. El agua bastante fría, mucho viento y no muy bonita la playa además. Lo importante es que había sol, supongo. Ahí donde la ven, Zuzanna, la que esta echada con el pañuelo verde en la cabeza, estuvo no sé cuánto tiempo así sin haberse echado crema, terminó como un pollo asado, tuvo que echarse yogur en las piernas por la noche para calmarse (prometí no publicar las fotos, ¡pero fue muy divertido!). Y no fue la única, a las masoquistas les gusta tostarse la piel…
Ésta era la última dosis de máster que nos quedaba. El tercer día por la noche nos daban los resultados, nos sometían al escarnio público. Sí, es que hicieron una clasificación de todos los estudiantes y fueron llamándonos a todos como en un reinado de belleza, desde la más fea hasta la reina. Nos daban un papel que certificaba que habíamos terminado, con la calificación y la posición. Yo quedé de noveno. Y aquí me lo entrega el único profesor español que se quedó hasta ese momento. Ya verán que yo me había declarado contra viento y marea en vacaciones y me negué a vestirme mejor.

























