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Haruki Murakami

Tokio Blues, Norwegian Wood
Tusquets Editores
Agregada el 13/04/10

pág. 10. «Me lleva tiempo evocar su rostro. Y conforme vayan pasando los años, más tiempo me llevará. Es triste, pero cierto. Al principio era capaz de recordarla en cinco segundos, luego éstos se convirtieron en diez, en treinta segundos, en un minuto. El tiempo fue alargándose paulatinamente, igual que las sombras en el crepúsculo.»

pág. 11. «Soy de ese tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito.»

pág. 16. «¿Acaso no existe en mi cuerpo una especie de limbo de la memoria donde todos los recuerdos cruciales van acumulándose y convirtiéndose en lodo?»

pág. 16. «En definitiva -así lo creo-, lo único que puedo verter en este receptáculo imperfecto que es un texto son recuerdos imperfectos, pensamientos imperfectos.»

pág. 32. «Cuando intento decir algo, sólo se me ocurren palabras que no vienen a cuento o que expresan todo lo contrario de lo que quiero decir. Y, si intento corregirlas, me lío aún más, y más equivocadas son las palabras, y al final acabo por no saber qué quería decir al principio.»

pág. 108. «Tengo miedo de morir de ese modo. La sombra de la muerte va invadiendo despacio, muy despacio, el territorio de la vida y, antes de que te des cuenta, todo está oscuro y no se ve nada, y la gente que te rodea piensa que estás más muerta que viva… Es eso. Yo eso no lo quiero. No podría soportarlo.»

pág. 288. «Pienso en ti más que nunca. Hoy está lloviendo. Los domingos de lluvia me siento confuso. Si llueve no puedo lavar la ropa y, en consecuencia, no puedo planchar. Tampoco puedo pasear, ni tumbarme en la terraza. Lo único que puedo hacer es sentarme a la mesa y escuchar una vez tras otra Kind of Blue mientras miro distraídamente el patio bajo la lluvia. Tal como te escribí hace unos días, los domingos no me doy cuerda. Quizá por eso esta carta es tan larga… Dejo de escribir. Voy a almorzar. Adiós.»

pág. 355. «Sus imágenes me golpeaban, una tras otra, como las olas de la marea, arrastrándome hacia un lugar extraño. Y en este extraño lugar yo vivía con los muertos. Allí Naoko estaba viva y los dos hablábamos, nos abrazábamos. En ese lugar, la muerte no ponía fin a la vida. Allí la muerte conformaba la vida. Y Naoko, henchida de muerte, allí continuaba viviendo. Me decía: “Tranquilo, Watanabe. No es más que la muerte. No te preocupes”.»