El País de la Canela
Norma
Agregada el 17/02/11
pág. 29. «Todo cambia con prisa endemoniada; cada diez años estos reinos tienen un rostro distinto. Si hace treinta eran todavía el mundo fabuloso de las fortalezas del Sol y de las momias en sus tronos, hace veinte fueron escenario de guerras desconocidas entre hombres y dioses, y hace diez un paisaje calcinado donde intentaba sembrarse la Europa grande que avasalla al mundo. Quién sabe qué país nos estará esperando ahora allá al sur, tras estas aguas grises. Yo, que llegué antes que tú a las tierras del Inca, alcancé a ver muchas cosas que pronto desaparecieron: poblaciones intactas, caminos de piedra provistos a cada tramo de bodegas de granos, palacios de losas grandes de la ciudad sagrada, fiestas que tú no conociste. Pero uno sólo ve con nitidez lo que dura: un mundo que no cesa de cambiar apenas si produce en los ojos el efecto de un viento.»
pág. 34. «Como buen hijo de español, no sabía qué admirar más, si la majestad de las construcciones del Inca o el valor demencial de los guerreros que las despojaron.»
pág. 34. «Muy pronto supe que manos piadosas habían rescatado los restos de mi padre de su socavón y los habían enterrado en la tierra seca del litoral. Corrí a buscar esa reliquia que me sembraba a mí mismo en el reino. Y allí estaba el montículo bajo el cielo impasible, ante un mar del color de las ballenas muertas, y ese era ya todo mi pasado: una tumba sedienta frente a las flores ciegas del mar.»
pág. 41. «Cuando lo recorras mejor comprobarás que ningún reino del mundo escogió un escenario de más vértigo, que en ninguna parte las ciudades están hechas como allí para prolongar los caprichos de las montañas, que de verdad aquellos hombres doblaban cumbres y trenzaban abismos.»
pág. 41. «No sé contar lo que sentí cuando entré por primera vez en aquella ciudad que era mi sueño de infancia. Dicen que sólo los hombres y los animales dejan sobre la tierra fantasmas, pero yo vi piedras fantasmas, edificios fantasmas, porque de cada ruina, de cada piedra rota, mi mirada extraía lo que fue. Yo me iba solo, a veces, a reinventar con mis ojos el esplendor de la ciudad vencida, y creo que ella supo, aun desde su postración y sus cenizas, que por los ojos abiertos de sus murallas la estaba mirando el último de sus admiradores.»
pág. 42. «Uno de los fornidos capitanes de Pizarro fue capaz de llevarse a cuestas el sol gigante cuando llegó la hora del saqueo, pero lo perdió después a los dados, en la borrachera que siguió al gran pillaje. Y un dios que se pierde a los dados en una noche de borrachos es una cruel ironía.»
pág. 43. «Para los incas fue como si el Sol, sin ponerse, se hubiera apagado de repente, y en toda su extensión el imperio deploró la caída de aquella reliquia de piedra que ahora sólo estaba viva en la penumbra de los corazones, furtivamente prolongada en oraciones y en cantos.»
pág. 61-62. «[...] y a lo mejor tienen razón los indios cuando dicen que la selva piensa, que la selva sabe, que la selva salva a los que quiere y destruye a los que rechaza. [...] Pero yo puedo explicar de otro modo esa convicción de los indios: [...] No es que la selva los ame, no es que la selva sepa que existen, más bien es lo contrario: [...] La selva los acepta porque ellos son la selva, pero nosotros no podremos ser la selva jamás.»
pág. 63. «Nosotros, llenos de ambición y enfermos de espíritu, no podemos convivir con la selva, porque sólo toleramos el mundo cuando le hemos dado nuestro rostro y le hemos impuesto nuestra ley.»
pág. 64. «Un bosque debe tener ciertas dimensiones para ser la propiedad de un hombre, un país ciertos límites para ser el dominio de un príncipe, un río cierto caudal para ser aprovechado y gobernado. Por encima de esos límites toda región del mundo sólo obedece a sus dioses. Los faraones no intentaron avasallar el desierto, los mongoles no se atrevieron con el Himalaya; Europa puede retacearse en reinos humanos porque es pequeña, un mundo en miniatura, porque allí no hay verdaderos desiertos ni verdaderas selvas, y por ello se ha acostumbrado a llamar bosques a sus jardines y selvas a sus bosques. Lo único verdaderamente salvaje que produce la tierra europea son sus hombres, capaces de torcer ríos y decapitar cordilleras, de hacer retroceder las mareas y de reducir a ceniza sin dolor las ciudades.»
pág. 106. «Sólo cuando se convierte en relato el mundo al fin parece comprensible. Mientras los vamos viviendo, los hechos son tan agobiantes y múltiples que no les encontramos pies ni cabeza. O tal vez tiene razón Teofrastus, quien me dijo que lo que les da orden a los recuerdos es que ya conocemos el desenlace, que los vemos a la luz del sentido que ese desenlace les brinda. Al soplo de los hechos, todo va gobernado por la incertidumbre, y los únicos seres que parecen coherentes son aquellos que, a falta de saber cómo terminarán las cosas, tienen claro un propósito que buscan imponerle a la realidad.»
pág. 144. «¿Qué es la selva? [...] En vano intentaríamos nombrarla, enumerarla, porque esa es la clave de la diferencia entre aquel mundo y el nuestro: que en nuestro mundo todo puede ser accesible, todo puede ser gobernado por el lenguaje, pero esa selva existe porque nuestro lenguaje no puede abarcarla.»
pág. 177. «Hallar gentes distintas trae siempre consuelo y zozobra: si nos alivia de la soledad, nos lleva a descubrir cosas que son posibles y que no concebimos, o cosas que ya estaban en nosotros y que no podíamos ver.»
pág. 225. «Uno tendría que inventar muchas palabras para describir lo que ve, porque entre formas incontables, nadie, ni siquiera los indios, sabrá jamás los nombres de todos esos seres que beben y aletean, que se hinchan y palpitan, que se abren y se cierran como párpados y que tienen una manera silenciosa de vivir y morir. Todo es lo mismo siempre y nada se repite jamás.»
pág. 246. «Como ya te lo he dicho, el peligro mayor no está en la selva ni en el río, sino en el choque de nuestra mente y de nuestras costumbres con la selva y el río. No tenemos propósitos tan misteriosos ni somos tan lentos como los árboles, algo en ese mundo nos atenaza, algo nos llena de urgencia y de impaciencia, porque las cosas no maduran a nuestro ritmo, la fruta es demasiado lenta y la serpiente demasiado rauda, nada parece tener intención propia: todo responde a un designio indescifrable y ajeno.»
pág. 254. «Los legajos amarillos que llevaba Orellana se habían ido llenando de frases que nadie comprendía, ni siquiera el padre Carvajal, quien también iba confiando a un cuaderno todas sus experiencias. Parecían escrituras de cantos de pájaros y de aullidos de monos, Orellana ponía las letras de España a zumbar y a ondular, y hasta nos dijo que para los indios había palabras que eran alas y palabras que eran nidos [...].»
pág. 256. «A veces ni siquiera ante las cosas podemos estar seguros de que dos lenguas están nombrando lo mismo: los indios no ven en el mundo lo que ven los cristianos, o tal vez cada cosa que existe, como dice mi amigo Teofrastus, depende del orden en que está inscrita para cumplir de verdad sus funciones.»
pág. 277. «Te diré lo que sabe todo náufrago: después de un largo extravío, aunque estemos salvados, hay algo en el fondo de nosotros, alguien, valdría mejor decir, que sigue perdido en la isla del naufragio, que sigue sin remedio en la selva, y al que no conseguimos consolar. Porque cada momento es el único, y ese que fuimos una vez no sabrá nunca si al final nos salvamos. Es como si siguiera allá, al fondo, pequeño y solitario, en una orilla eterna que no puede cambiar, y a la que sólo purifica el olvido.»
pág. 282-283. «Al final, sin rumbo y sin raíces, en un día enorme pero muerto para la esperanza, le dije a ella, a la tierra que fue ella, a los árboles que ahora eran ella, todo lo que había guardado en el corazón. Largos días hablé con mi sangre, caminando a solas por las colinas secas, ante la indiferencia del mar. Amaney, mi madre india, mi madre, había muerto a solas como murió su raza, sin quejarse siquiera, porque no había en el cielo ni en la tierra nada ante lo cual pudiera quejarse, abandonada por sus dioses y negada por su propia sangre.»
pág. 292. «Yo sé mucho mejor que muchos que España es el mundo, pero a veces me asombra pensar que detrás de cada hazaña española hay siempre un italiano.»
pág. 298. «Yo había nacido en una aldea española, pero ¿cómo comparar aquel puerto de Santo Domingo con la inmensa Sevilla [...]? Y lo que más me impresionó desde el primer día: la sensación de vejez de todas las cosas, las capas superpuestas de los siglos en las plazas, los palacios, las torres y las impresionantes iglesias que quieren hacer sentir a sus fieles como un gusto previo de la inmóvil gloria celeste. Toda esa gente estaba tan concentrada en lo suyo, tan convencida de que su mundo era todo el mundo, que pronto comprendí que las Indias no cabían en la vita cotidiana de aquellos reinos, y que yo mismo era un poco invisible.»
pág. 299. «Y allí viví el más extraño de los sentimientos de un hijo de emigrantes que nace en tierra extraña y que vuelve a la tierra de sus padres: no haber salido nunca, pero estar regresando.»
pág. 300. «Me alarmó (a ti, que eres mi amigo te lo puedo confesar) el deleite que me causaban las trazas de los moros: [...]; hasta la frescura de la palabra azul parecía tener un sentido peligrosos y fascinante en ese mundo cristiano tosco e implacable, harto menos delicado que cuando dejaron en él los que huyeron. [...] Todo en España está ajedrezado de moro, imbricado de dibujos geométricos [...]. Borrar ese pasado exigiría arrasar cosas que hasta los cristianos miran con orgullo.»
pág. 303. «Roma, a mis ojos, estaba demasiado viva y demasiado muerta. Es bello ver una ciudad viva y poderosa, pero también es bello ver el cadáver de una ciudad sublime.»
pág. 351. «Uno cree saber lo que busca, pero sólo al final, cuando lo encuentra, comprende realmente qué andaba buscando. Y bien podría ser que lo que rige el destino del hombre no sea Cristo ni Júpiter ni Alá ni Moloch sino Pachacámac, el dios de los avances hacia ninguna parte, el dios de la sabiduría que llega un día después del fracaso.»
pág. 355-356. «Y el País de la Canela [...] se va transformando para mí en el símbolo de todo lo que legiones de hombres crueles y dementes han buscado sin fin a lo largo de las edades: la belleza en cuya búsqueda se han destruido tantas bellezas, la verdad en cuya persecución se han profanado tantas verdades, el sitio de descanso por el cual se ha perdido todo reposo. En medio de su atrocidad, algo bello han tenido estas búsquedas, y si me preguntaran cuál es el más hermoso país que he conocido, yo diría que es ese que soñábamos, que buscamos con frío y con dolor, con hambre y con espanto tras unos riscos casi invencibles. Y es que esos riscos eran soportables porque el radiante País de la Canela estaba atrás, porque entonces no sabíamos que era un sueño. Hay tantas cosas que la humanidad nunca habría hecho si no la arrastrara un fantasma, hechos reales que sólo se alcanzaron persiguiendo la irrealidad.»
pág. 357. «Algo en mi sangre me dice que lo que destruimos era más bello que lo que buscábamos. [...] Así llegamos a este día y a esta hora. No deja de asombrarme que una historia tan larga como la que acabo de contarte termine precisamente donde todo comienza. Todo presente es el desenlace de millares de historias y es el comienzo también de millares. Aquí estamos, como diría Teofrastus, en el ápice del reloj de arena, donde todas las cosas que fueron se convierten en todas las cosas que serán.»
